Arthur Ashe Stadium: El ruido que redefine el tenis
En el Arthur Ashe Stadium nunca hay silencio. Ni antes de sacar, ni entre puntos, ni cuando la tensión corta el aire en un tie-break. Desde que abrió en 1997, la pista principal del US Open —el estadio de tenis más grande del mundo— decidió vivir al margen del viejo manual de etiqueta del deporte. Donde Wimbledon baja las luces y pide susurros, Nueva York sube el volumen.
“En Arthur Ashe Stadium siempre hay ruido ambiente”, admite el canadiense Félix Auger-Aliassime, dos veces semifinalista en Flushing Meadows. “El cerebro se acostumbra después de un tiempo. No hay otra forma de decirlo. No hay preparación para eso. Todos los jugadores salen a la pista, intentan jugar su juego, concentrarse con sus herramientas y su preparación. Pero cada uno tiene su manera de hacerlo”.
A la mayoría de las estrellas les encanta. Frances Tiafoe lo resume sin rodeos: “New York es diferente. La noche en Ashe es muy especial. Es la pista más grande del tenis. La atmósfera es una locura”. Naomi Osaka, dos veces campeona en la ciudad, la ve como un escenario. “El US Open hace estrellas y hay un tipo de energía especial allí”, ha dicho.
El ruido como seña de identidad
El torneo ha decidido abrazar ese ruido. Emma Navarro, una de las voces emergentes del tenis estadounidense, definió el ambiente el año pasado como “casualmente alborotado”, en contraste con el tono “correcto, elegante y respetuoso” de Wimbledon. No es un accidente: es una estrategia.
En 2024, el US Open relajó las históricas restricciones sobre cuándo los aficionados pueden moverse hacia y desde sus asientos. Lo bautizaron como política de “libre movimiento de aficionados”. Para el juez árbitro del torneo, Jake Garner, no se trata de una revolución, sino de sentido común: aumentar la experiencia del espectador no debería ser visto como algo radical.
En silencio —o mejor dicho, a gritos— el US Open está reescribiendo la etiqueta del tenis. Tradicionalmente, el deporte se jugaba en un entorno casi ceremonioso. El público debía callar. Los jugadores, salvo por los gruñidos, también. “Ha habido una tradición de permitir a los jugadores concentrarse”, recuerda Lizzie Post, bisnietra de la legendaria experta en protocolo Emily Post y copresentadora del pódcast Awesome Etiquette.
No es casualidad. El tenis nació como pasatiempo de la aristocracia británica a finales del siglo XIX y arrastró consigo un conjunto de normas sociales: compostura, contención, decoro. “No se puede separar el deporte de la gente que lo jugaba”, apunta el historiador Robert Lake, autor de un estudio sobre los orígenes del juego. La etiqueta clásica del tenis, explica, “está claramente enraizada en ideas de clase que impregnaban el deporte cuando surgió a finales de 1800”.
¿Silencio por tradición o por necesidad?
La gran pregunta es si ese silencio es realmente imprescindible. Para Matthew Futterman, veterano periodista que cubre tenis para The Athletic, la respuesta es clara: no. “El tenis se crea problemas a sí mismo cuando se pone tiquismiquis y remilgado”, sostiene. Y lanza un dardo que muchos padres entienden al instante: “¿Cómo se supone que vas a entusiasmar a un niño con ir a un partido de tenis —y estar callado— cuando le dices a un crío de ocho años: siéntate quieto y en silencio durante las próximas tres horas? Eso suena a castigo”.
Un día en el US Open no se parece a un partido de fútbol o baloncesto. No hay un solo encuentro, con inicio y final claros. Hay decenas. Los aficionados entran y salen, saltan de pista en pista, pasan una jornada entera —o una noche completa— en el recinto. “En el tenis, deambulas, estás un rato en tu asiento, ves el partido, pero mucho de todo esto va de lo que pasa alrededor”, explica Futterman. En las primeras rondas, un espectador puede llegar a ver más de una docena de encuentros en un solo día.
Ahí está, para él, “la brillantez del US Open”: entender que el tenis luce más cuando se siente como un festival al aire libre, con música, buena comida, gente mezclándose… y, en medio de todo, partidos de altísimo nivel que también quieres disfrutar.
La USTA, federación estadounidense, se muestra orgullosa del ambiente que ha construido. “Todo lo que la gente asocia con Nueva York —la pasión, la energía, la emoción— se siente muy propio del US Open”, afirma Nicole Kankam, directora general de Marketing y Entretenimiento de Tenis Profesional de la USTA. “Es ruidoso, es duro, hace calor, pero también es todo lo que lo hace grande y emocionante”.
Tenis, moda, cultura: el cóctel neoyorquino
El torneo se ha colocado en un cruce muy particular: deporte, estilo y cultura. Simone Scott, periodista que impulsa en redes “The Girls’ Guide to Sports”, una serie pensada para crear comunidad deportiva entre mujeres y que las anime a mostrarse como son en cualquier espacio, ve en el US Open una puerta de entrada perfecta para quienes no se consideran aficionados al tenis.
“Me encanta cómo el US Open reúne tantos mundos distintos. Es muy New York”, dice Scott, que este año colabora con Dove en el torneo. “Tienes atletas increíbles compitiendo al máximo nivel, pero también moda, cultura, entretenimiento y aficionados de todos los orígenes juntos en un mismo lugar. Se siente vibrante, acogedor, inspirador, y no hay nada realmente parecido”.
Ese énfasis en la accesibilidad y en atraer a un público más amplio conecta directamente con la misión de la USTA, explica Kankam: hacer crecer el deporte. “Las audiencias y las expectativas de los aficionados cambian y evolucionan. Podemos mantener ciertas tradiciones que son nuestro núcleo, pero si no estamos abiertos a evolucionar y a encontrarnos con los fans donde están, perdemos la oportunidad de ampliar nuestra base”.
Una de las apuestas recientes es el llamado Finals Fan Fest, lanzado el año pasado y que se ampliará en esta edición. Permite a personas sin entrada para las finales seguir los partidos desde fiestas organizadas dentro del recinto. Los números mandan: según Kankam, el 85% de quienes compraron esos pases eran aficionados nuevos en el US Open, y el 95% de los compradores de entradas para la fiesta posterior también eran debutantes en la base de datos del torneo.
La línea fina entre fiesta y falta de respeto
No todos aplauden sin matices este giro. Para muchos, el cambio es positivo… hasta cierto punto. Jessica Schiffer, fundadora de Hard Court, lo ve como una necesaria sacudida a un deporte que, a su juicio, “ha sido demasiado estirado y rígido durante demasiado tiempo”. Cree que el tenis debe “ponerse al día con los tiempos y hacer más fácil que la gente disfrute del deporte”. Pero reconoce su lado purista: también adora la paz y el silencio de muchos partidos.
Ahí está la clave: abrir puertas sin perder la esencia. Incluso algunos de los críticos del nuevo ambiente del US Open no piden un silencio absoluto al estilo Wimbledon. Su queja va menos por el ruido y más por el movimiento constante que entorpece la visión del juego.
La estratega de marca Heather Queiroz es un buen ejemplo. El sonido no le molesta. Lo que la sacó de quicio a ella y a su familia el año pasado fue el trasiego en las gradas. “Nos vimos en muchas interacciones raras y discusiones con otras personas porque se quedaban de pie [durante los puntos] o en los pasillos y entonces no ves”, cuenta. “Lo que hace tan único al tenis es que es un deporte muy preciso. Si vas a ver el partido, necesitas poder verlo”.
Su temor es claro: que el torneo acabe priorizando a quienes no son realmente aficionados al tenis. “A corto plazo puedes erosionar a tu base de fans leales, y a largo plazo no te sale a cuenta”, advierte. “Los aficionados de toda la vida están claramente frustrados, y con los precios subiendo, te hace no querer ir, porque si al final no puedes ver bien el partido, casi es mejor verlo por televisión y, al menos, disfrutar de buen tenis”.
Educar sin apagar la fiesta
¿Solución? Para Queiroz, no hace falta apagar la música, sino educar. Propone colocar señalización por el recinto explicando a los nuevos espectadores las normas básicas de etiqueta. Lizzie Post coincide: incluso las entradas podrían incluir una breve guía de comportamiento esperado.
“Quieres asegurarte de que los espectadores saben cómo se supone que es la experiencia y cuál es el decoro”, apunta Post. Y señala directamente a los organizadores: “Está en manos de quienes emiten las entradas y de los acomodadores, que deben ayudar a controlar al público. Es responsabilidad de las entidades que acogen estos eventos decidir qué tipo de espectáculo quieren ofrecer y dejar claro el ambiente”.
Para Post, la etiqueta no es un corsé, sino una consideración: “pensar en el impacto que tenemos en la gente que nos rodea y cómo podemos hacer que sea positivo y no negativo. No hace falta mucho”. En el centro de todo sigue estando el tenis: “dos competidores jugando al máximo, intentando ser su mejor versión. Entrenan todo el año, cada día. Toda su vida, su sustento, depende de esto. No quieres ser la única voz realmente alta en un lugar más tranquilo”.
La frase final la firma Futterman, con una imagen que resume el choque de mundos en Flushing Meadows: “No es el torneo de tenis de tu abuela británica”. Y quizá ahí esté la verdadera pregunta: ¿hasta dónde está dispuesto el tenis a dejar atrás a esa abuela para conquistar a la próxima generación?






